Él
se levanta medio dormido. Le pregunto si se siente bien; no contesta, pero veo
la hora y ya tengo que levantarme. Vuelve a la cama, me agarra desde atrás y me
abraza. 5 minutos más y me levanto. Vuelvo a poner la alarma del celular y
cuando apoyo el teléfono ya está sonando. El tiempo vuela, incluso cuando hay
alguien abrazándolo. Me deslizo por debajo de su brazo y voy derritiéndome
hasta terminar en el piso. No quiero despertarlo, cuando duerme es su momento
más dulce.
Voy
al living, agarro una manta y me tapo mientras enciendo el televisor para ver
la temperatura. Hace frio, mucho. La tele, la manta, los pies frios y la
portera que limpia la vereda de enfrente... Tirar agua fría con este clima, el
infierno de los melancólicos.
Voy
al baño tomando todo el valor que puedo, porque siempre está más frío que el
resto del departamento. Abro la canilla de la ducha y dejo que el lugar se
llene de vapor calentito hasta que la humedad me da el calor que necesito para
abandonar la manta. No me importa que la ropa se humedezca, prefiero salir de
la ducha y cambiarme entre el vapor que salir del baño y sufrir vistiendo ropa seca.
Tardo
más en bañarme de lo que me propongo. El agua caliente no me libera tan rápido
como para ganarle a la hora. Siempre llego tarde al trabajo en invierno y
siempre es culpa de la ducha.
Me
seco, cambio, hago un turbante gigante con la toalla en la cabeza y me asomo a
la habitación para verlo dormir. Dulce de leche. No me canso de mirarlo dormir,
tranquilo, relajado. Se lo ve tan tierno acurrucado entre los múltiples niveles
de mantas y asomando sólo la nariz para poder respirar, dejando toda su cabeza
tapada... suspiro amor.
8:30.
Llego tarde. Ya sabía... la maldita ducha.
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